El traductor como profesional o el traductor como persona

El profesional, cualquier profesional, en cuánto que considera el concepto de rendir servicio como un elemento de su profesionalidad, nunca pensaría que lo primordial sea el motivo económico, sobre todo cuando esté absorto en sus tareas.
Claro que impacta ese aspecto económico, no obstante en tanto que la remuneración sea consecuencia de la aplicación de ciertos conocimientos, y a pesar del automatismo con lo cuál el traductor aplica esos conocimientos a veces, tiene que pensar en la utilidad de su aprendizaje continúo para seguir expandiendo esos conocimientos.

Si cada día es cuestión de llevar cartas a un buzón u otro, por supuesto, no es ningún óbice a una vida plena y gratificante tanto fuera como dentro del ámbito del trabajo. Aun así, la situación del profesional por cuenta propia que realmente cree que le gusta su trabajo y que recibe su remuneración cuando el cliente se acuda a ese servicio es ligeramente distinta. A menudo, esa creencia subjetiva (que sea objetivamente constatada es otra cuestión) es muy común en el mundo de los traductores principiantes y vuelve a ser incluso algo obsesivo, porque el acción de traducir estimula áreas del cerebro y crea un deseo de no apartarse de la actividad.

No obstante, si el motivo económico es un motivo íntimamente relacionado con la práctica de una profesión liberal hay otros mucho más importantes. ¿Puede haber mineros profesionales? Pues, indudablemente que sí, y también ingenieros de la minería y en parte se practica una profesión u otra porque es una manera de vivir y un estilo de vida. En la práctica, el desarrollo de capacidades y de ahí aspiraciones a aplicar esas capacidades forman una parte integral de la vida del profesional que son muy importantes. ¿Estoy haciendo el trabajo bien? Eso es lo más importante, indudablemente, para algunos. Así, el profesional de la traducción quiere hacer su trabajo bien y cuando no esté implicado en la práctica, haciendo su trabajo, la aspiración de hacerlo mejor queda viva en la mente. ¡Entre el hacer y el reposo hay gran trecho!

Ahora bien, mi intención aquí con esa introducción que intenta demoler el mito de la dominación del motivo económico en la mente de cualquier verdadero profesional, es de abrir una cuestión acerca del comportamiento colectivo e individual de los traductores. Es un hecho que los traductores deben cierta lealtad a su lengua materna. En situaciones bélicas, al haber colaborado con un lado del conflicto muchos traductores son blancos abiertos para el enemigo (el conflicto en Iraq teniendo muchísimos ejemplos de traductores quienes acompañaban a las tropas de la OTAN en su retirada e incluso algunos que no podían y que luego fueron abatidos por los del otro lado). En esas situaciones tan extremas el traductor tiene que meditar sobre su posición individual en el colectivo y posicionarse al menos con respecto a sí mismo.

Igualmente, fuera de un ámbito tan extremo como es la guerra, un traductor puede preguntarse dónde se encuentra en ese colectivo, aun traduciendo un idioma tan extendido como son el español o el inglés? ¿Tiene que adaptarse siempre a la idea de la eterna búsqueda del léxico correcto o bien puede buscar a elegir desde el interior de su persona? Por ejemplo cuando realmente hay dos palabras que compiten, definiendo su perspectiva en relación con la palabra en términos personales en vez de estrictamente profesionales? ¿O bien todo da igual, es profesional e intentará hacer lo mejor posible para reflejar la verdad del texto que está delante para traducir, poco importa quien es? La respuesta fácil es que depende del texto, y luego de la nacionalidad y otros aspectos incluso principios, especialidades, etc. Más difícil sería que un traductor diga, por ejemplo, soy científico, e intento que esa orientación sea el timón de mis traducciones. Quizá algunos traductores dirían lo mismo de una religión o de la filosofía. Estas cuestiones nunca son blanco y negro. No obstante, un traductor puede ser estrictamente profesional o puede decir que también soy una persona y que intento que mi orientación particular guía mi trabajo aunque sólo sea posible a veces.

Los eventos en la región de Cataluña presentan un contorno en el cual la motivación del traductor individuo y el colectivo pueden on no coincidir. Añadiría que estoy hablando desde la perspectiva de un traductor que también vive en una región de europea y colaboro con colegas en esa región además de unas visitas a varios pueblos en su costa mediterránea. Bastante para formar una idea de su posición en Europa y hoy en día en España.

El elitismo de un pequeño estado, casi remontando a una ciudad-estatal de los tiempos clásicos – ¿puede uno decírselo en relación con Barcelona? -, está tan fuertemente vinculado a su idioma. Ese idioma -el catalán- se presenta como una barrera natural y geográfica a los que no lo hablan y no lo escriben con soltura. Y en ese sentido el catalán actúa de manera natural y orgánica como un filtro y una forma para mantener una identidad socio-cultural.

Al haber dicho eso, podemos pasar a la cuestión de la motivación que cada traductor tiene para traducir. En España hay varias asociaciones de traductores e intérpretes, algunos al nivel nacional y otros con su enfoque regional. La regulación del mercado de traducción hoy en día se divide en tres grandes grupos:

i: traductores que trabajan como autónomos
ii: traductores que trabajan de oficio para instituciones y entidades estatales, supra-estatales e internacionales (aunque la tendencia hoy en día es claramente hacia la privatización y contratación de los servicios a agencias o grupos de autónomos que prestan servicios especializados y de alta calidad).
iii: traductores asalariados que prestan su servicio a una agencia o que traducen puntual o regularmente en empresas a la vez de ocupar otros puestos.

Como se ha dicho al principio, la dedicación y la profesionalidad del traductor forma una parte fundamental del servicio que presta. Hay una tendencia entre las empresas que operan en el mercado mercantil que suelen limitar la cantidad de traducción debido a su coste económico sobre todo si el flujo de trabajo de sus traducciones es puntual -manuales, eventos – y no regulares -periódicos, publicaciones oficiales etc.-. Una región orgullosa de la autenticidad de su lenguaje, una región como Cataluña que quiere promoverlo e incluso defenderlo, porque se siente amenazado, actúa de forma inversa y activamente promueve la traducción de su lenguaje.

Está claro que todas las regiones a través de Europa promuevan sus lenguajes y cada uno de una manera inimitable. Por tanto, propongo que la motivación de un traductor quien se esfuerza en apoyar un lenguaje regional tiene una motivación cualitativa y distinta, porque ese traductor está empleando su idioma para reforzar una identidad y aún más cuando esa identidad colectiva está amenazada por las razones que sean. Y he aquí la cuestión central: ¿la actitud colectiva de la identidad catalana es espejo de la motivación individual de una mayoría de sus traductores debido al vínculo especial entre la región y su lenguaje? ¿En otras palabras, haciendo un sondeo de una muestra de traductores de lengua materna catalana, sería probable que la mayoría explicara su motivación -inter allia- en términos culturales de la vivencia y crecimiento tanto de su idioma como de su cultura? La siguiente pregunta tiene que ver con esa lealtad. ¿Al haber establecido esa lealtad -que se aparta por supuesto de lo puramente profesional- si el traductor puede ir más lejos todavía y marcar su profesionalidad dentro del cuadro de una cierta identidad cultural y social?

La cuestión muy particular de si se aceptaría comisiones que atenta a esa libertad es otra y depende de las circunstancias particulares. Como dijo Ortega y Gasset: “Yo soy mis circunstancias y si no la salvo a ella no me salvo yo” [Meditaciones del Quijote ]. Por ejemplo, muchos traductores no traducirían textos de un marcado índole racista o bélica. No obstante, siendo contratado por una agencia o entidad gubernamental, no se puede decir mucho salvo ‘Adiós Madrid’ a la hora de traducir los decretos al catalán, y permitir así al estado español activar el artículo 155 de la Constitución Española. La actuación del individuo atrapada en su circunstancia no es la cuestión aquí.

El profesional que presta un servicio sencillamente en términos de una simple ecuación “oferta y demanda sobre profesionalidad es igual a traducción” no llegaría a sentir la inspiración que viene de defender su tierra y su cultura, porque el lenguaje es una parte integral de la identidad cultural de ese otro traductor. Esa motivación del otro traductor es en sí algo paradójica, porque es un vínculo introspectivo y a la vez la causa de un cierto elitismo. Y todo traductor habrá resentido al menos un pelín un sentimiento de elitismo y una gran responsabilidad por la verdad cada vez que asume el papel del intérprete ante la presencia de otros que realmente no entienden pipa del lenguaje que está interpretando.

La verdad aquí es importante porque la memoria institucional e incluso histórica de una región va más allá de la de cualquier organización o empresa y la motivación que inspira es por tanto más fuerte como hemos visto entre ciertos sectores de la población en Cataluña. Esa motivación es auténtica y más profunda que la supuesta profesionalidad de un traductor que substituye su persona por su profesionalidad. No obstante, si existe sólo al nivel de la región y por tanto es a la vez restrictiva. Podemos todos sentir una motivación tan auténtica o incluso más profunda si estamos comprometidos con una especialización, que sea científica, artística o cultural, entre otros.

No podemos estar siempre traduciendo los temas que nos motivan y tampoco escuchando a esa persona interior que desea guiar la traducción desde supuestas convicciones –aun cuando la voz del profesional irrumpe diciendo que esas convicciones no importan-. El nivel de dedicación al lenguaje materno (contrastada con el nivel de dedicación al lenguaje objetivo) marca un grado de entendimiento, aunque sea más sabio no subrayarlo en exceso. Y tanto que se podría postular que hay dos tipos de traductores – unos que están defendiendo su dedicación a su lengua materna y otros que si quieren ser sinceros con sí mismos están enganchados a la traducción como vehículo que les están llevando al universo del otro lenguaje, dispuestos a abrazar el nuevo lenguaje como un converso a una nueva religión, incluso como uno de los más comprometidos. Quizá los traductores nativos catalanes están más convencidos de su papel cultural hoy en día y su dedicación al lenguaje crece con haces, ya que se sientan esa necesidad de defender su cultura.